viernes, 16 de diciembre de 2011

I concurso de relatos cortos asociacion "Vientos del pueblo" 11/12/2011

Relato ganador "Como cada lunes" de Miguel Ángel Zambrano




Cada lunes se venía a la carpintería con aire dicharachero. Modestino tenía el rostro marcado por los años y el trabajo de toda una vida. Su escaso metro y medio de estatura lo convertía en un hombre menudo, pero eso no le impedía transmitir, a través de sus minúsculos ojillos, una alegría por la vida desmedida e inusual en un hombre de su edad.
—¡Niñoooooo! —gritaba nada más parar frente a la puerta con su moto.
—¿Qué? —le contestaba gritando también a pesar de tenerlo delante.
—Aquí te traigo el queso —dijo. Cuando fui a cogerlo, lo retiró con saña—. ¿Qué pasa? ¿Hoy tampoco me lo vas a pagar?
—Pues hoy, tampoco. Ya sabes que no suelo llevar dinero encima —le recordaba mostrándole los bolsillos vacíos.
—Pues este son siete ebros. Contigo no gano yo ni para la gasolina que gasto viniendo a verte —me espetaba entre risas que yo terminaba acompañando.
—Además, tú siempre dices que no se te acaba el dinero ni tirándolo; aunque te lo gastes en gasolina, no pasa nada.
—Tú lo que estás hecho es un listillo y me tienes un poco jarto ya, pero no sé qué leches pasa que no dejo de venir; me tienes como hipnotisao.
Todos los lunes manteníamos una conversación de este tipo, muy similares en contenido y con el mismo contrapunto irónico. Tras la charla, él comenzaba su discurso mientras se sentaba en un pequeño banco que teníamos dentro, al calor de la estufa en invierno o a la sombra si era verano. Siempre nos relataba historias de su juventud, cuando salía con sus cabras en busca de buen pasto; pero en cuanto intuía que se estaba poniendo pesado, cambiaba de tema para hablarnos de su huerto, del que siempre nos traía habas, tomates, higos… Todo lo que iba recogiendo según la época del año.
Sin embargo, los años no pasaban en balde. Cada lunes se le veía más pequeño, se le podía adivinar en la mirada que tenía el alma encogida y, viniendo de él, por falta de motivos no iba a ser. No quería ser pesado, pero ya no era el hombre alegre de antaño, así que presioné para que me contara lo que le ocurría.
—El médico, que se ha empecinado en que deje de fumar, que dice que tengo una mancha en los pulmones.
Y dejó de fumar, mas solo por un tiempo. Yo alguna vez le echaba la bronca cuando se encendía uno de sus purillos, pero este hombre tenía respuestas para todo y siempre me dejaba con la palabra en la boca. El tiempo seguía avanzando implacable y, por lo visto, su enfermedad también. No hace mucho me confesó lo mal que se encontraba, cosa que dudo que dijera a alguien más.
—Estoy más malo que un perro bocabajo —me confesó.
—¡Anda ya! ¡Tú qué vas a estar malo!
—Sí, lo estoy. Apenas puedo respirar y casi que no puedo guiar al ganado, como esto siga así en un par de telediarios me avía el de ahí arriba.
—Anda, no digas tonterías —dije acercándome a Modestino y agarrándolo por los hombros—. ¿Te acuerdas cuando te pasó el carro lleno de ramos de olivo y te rompió la pelvis?
—Pues claro que me acuerdo, me pasó por encima.
—Todos pensábamos que ya no te íbamos a ver el pelo por la calle, pero al poco tiempo ya ibas con las cabras otra vez.
—Es que las cabras no pastan solas, ¿sabes?
—Sí, pero cuando te tocó la revisión del médico, ¿qué hiciste?
Entonces, el rió conmigo. Bien sabíamos los dos la que le había liado al pobre médico cuando mandó a su mujer para decirle que él no podía ir porque estaba con el ganado y no tenía tiempo. El médico se quedó impresionado al ver cómo un anciano se había recuperado en apenas unas semanas.
—Vete a casa y descansa, Modestino, que con tu edad ya has trabajado bastante, creo yo.
—No puedo encerrarme en casa. Necesito salir y sentir el aire frío de la mañana en mi cara. Necesito sacar a mis cabras a pastar todos los días y ordeñarlas para hacer el queso que tú bien te comes. Bueno, y yo, que me como uno entero con un cacho de pan antes de dar un pestañeo. Compañero —dijo poniendo su mano en mi hombro y mirándome a los ojos—, como me quede en casa, me muero en dos días.
La conversación aquel lunes no dio para más. Se despidió, desde su moto, hasta la próxima semana.
Cada mañana lo veía pasar cuando regresaba de los pastos con sus cabras y, mientras lo observaba, más de una vez admiré su fortaleza. ¿Cómo podía un cuerpo marchito albergar una mente que le permitiera seguir con esa actividad, como si fuese un joven de veinte años? Sin duda, eso era tener ganas de vivir.
—Mira lo que te traigo hoy, niño —dijo mostrándome una bolsa de higos—. Ni te imaginas de dónde los he cogido.
—No lo imagino; pero, por el camino que traes, convencido estoy de que has venido de la higuera del Tomás.
—Pues no, te equivocas, niño. Vengo de dar una vuelta por el campo para ver dónde llevo mañana a las cabras, y he pasado por la Casa Lagarto. ¿Sabes la higuera que hay allí?
Por supuesto que lo sabía, pero no le iba a decir la verdad, viendo la ilusión con que me traía los higos, la misma que la de un niño que va solo por primera vez al colegio.
—No, no sé de qué higuera hablas, compañero.
—¿No? Bueno, tú qué vas a saber si no sabes ni por dónde sale el sol; pero, mira, son higos del rey, los que a ti te gustan.
—Ten cuidado, que algún día nos das un disgusto y me toca movilizar a medio pueblo para buscarte.
—¡Pero qué me va a pasar a mí!
—Vale, compañero, pero ten cuidado, que ya no tienes veinte años.
—Si yo tuviera tu edad y tu fuerza —entonces reía pensando en lo que iba a decir y omitía con picardía—… Lo que pasa es que ya no valgo pa ná; tú ya me entiendes —aseguraba propinándome golpecitos cómplices en el codo.
Había que ver cómo cargaba sacos de viruta que lo doblaban en tamaño, algo que hoy en día ya no podía hacer, pues su desgaste crecía junto a su enfermedad y, pese a estar aguantando lo que nadie aguantaba, cada semana que pasaba se le veía más débil. Al final, tuve que comenzar a cargarle yo los sacos de viruta, sujetarle la moto para que no cayera de lado y esperar a que levantara la pierna y acelerase para salir por una carretera por la que parecía flotar, pues no se le podía apreciar al estar oculto tras el saco.
Era feliz y siempre lo fue. Y gran parte de esa felicidad era su esposa, de la que hablaba con el cariño y la ternura de un recién casado. También se le llenaba la boca increpando a nuestra juventud, pues para sus ojos no éramos más que un puñado de haraganes que nos encontramos todo hecho. Más de una vez intenté en vano defenderme, pero siempre tenía una historia con la que responder.
—Ahora lo tenéis todo muy fácil. En mi juventud, salíamos a los pantanos a coger arroz y no volvíamos en toda la semana. Incluso había veces que corría peligro la vida del artista, ¡ya ves tú!, porque me colaba en un hoyo más grande de la cuenta y me llegaba el agua a la barba. Pero ahora —sonreía malicioso y pinchotero a la par que me volvía a sujetar por el codo— salen por la mañana y para el medio día están en casa, comiendo caliente y pudiendo echar la siesta con sus mujeres —decía guiñándome el ojo—. Si te contara dónde nos acostábamos nosotros… ¡Y sin poder darle a la vara, ya ves tú!
Llegó un lunes en el que no dio señales de vida. Ni al siguiente. Pero yo sabía que todavía aguantaba, porque todos los lunes mandaba a uno de sus hijos para que me trajera el queso de la semana. Y fue este quien me dijo que su padre no se encontraba muy bien.
«Mal tiene que estar Modestino para no acercarse al taller», pensé. Y acerté, porque aquel hombre menudo y extraordinariamente dicharachero desapareció igual que el humo del último sigarrino que se fumó junto a la estufa. Su voluntad, que yo tenía mitificada, continuó intacta hasta el último día. Lástima que sus fuerzas se marchitaran igual que una flor cortada y puesta al sol.
Aquella fatídica mañana de lunes, mi hermano me dio la noticia. La familia y sus amigos lloramos su muerte, pero a todos nos dejó una gran herencia: nos enseñó a ser felices, porque, a pesar de que Modestino se había pasado la vida trabajando y luchando, fue feliz. Tuvo una vida completa que abandonó con la cabeza bien alta y la conciencia tranquila. Y, aunque ya no lo vea pasar por la carretera con sus cabras ni venga cada lunes a traerme el queso, miraré el banco donde se sentaba y lo veré ahí, con su sonrisa desdentada, dispuesto a acuchillar con sus palabras nuestra forma de vida moderna, que, según él, estaba anegada por el egoísmo y la envidia.
Siempre echaré de menos las conversaciones que manteníamos, su gracejo fontanés y la alegría que transmitían sus pequeños ojos.
Hoy es lunes y, como cada lunes, ha venido.


Miguel Angel Zambrano

7 comentarios:

Algo más que lecturas dijo...

Muchas gracias a Miguel Angel por querer compartirlo con tod@s nosotr@s.

Beg dijo...

Me encanta, no lo había leído aún.....Gracias Miguel Angel....

Anónimo dijo...

Precioso relato, narrado desde el corazón. Enhorabuena, Miguel, sin duda, eres merecedor de ese premio!!
-María Fele-

Kericolo dijo...

Vaya relato más tierno, me ha encantado leerte, me gusta como escribes. Un beso y felicidades Miguel

Carmen Marín dijo...

Un relato encantador, lleno de diálogos y por tanto muy fácil de leer. Me enganchó, resulta entrañable el personaje de Modestino y también me ha gustado mucho el final."Hoy es lunes y como cada lunes ha venido" Una mágica frase que mantiene al personaje vivo incluso después de su muerte. ¡Genial! ¡Felicidades, Miguel Ángel!

miguel angel zambrano garcia dijo...

solo os puedo decir que ya casi no lloro cuando lo leo...muchas gracias.

Anónimo dijo...

una gozada que existan iniciativas como estas hoy en día...enhorabuena al ganador y a los organizadores del evento!!